Archivo de junio, 2012

13/junio/2012

¿Por qué los niños españoles no pueden vender limonada?

En muchos de los foros de creación de empresas, cuando se habla del espíritu emprendedor y la baja tasa de penetración de éste en la población española, a veces, se suele recurrir al ejemplo de cómo en el otro lado del Atlántico “los niños desde pequeños lo fomentan creando sus propios negocios, como, por ejemplo, el puesto de limonada en su barrio”.

En general, no suele ser más que una alusión emocional para reforzar la idea de que nuestros infantes no tienen ese empuje hacia el emprendedurismo. Y, visto de esta manera, el único problema es esa falta de visión de negocio. Bien, pues me gustaría ahondar un poco en este interesantísimo tema.

Una visión equivocada

Las primeras impresiones que le sugerirían a muchos ciudadanos de este país si vieran a unos niños poner un puesto en la calle para vender limonada serían contradictorias ¿Les habrán dado permiso? ¿Con qué estarán haciendo la limonada? ¿Qué irán a hacer éstos con el dinero que ganen? ¡Menudos listillos!… Muy posiblemente, un ciudadano norteamericano solo vería unos crios que, con su esfuerzo, quieren empezar a ganar dinero para pagarse sus gastos (algo totalmente lícito y elogiable).

Y, en este punto, doy el salto al mundo adulto. Hace poco leía el auge que están teniendo en Estados Unidos las webs sociales (mezcla de portal de servicios y red social) en las que las personas solicitan a alguien que puedan hacerles pequeñas tareas (cambiar un enchufe, regar un día el césped, sacar al perro una noche,…). Estos reciben las ofertas de otros usuarios, generalmente que habitan en su misma localidad o barrio, con importes muy bajos. Me pareció una gran idea para que mucha gente de este país, con el mercado laboral absolutamente parado, que es “manitas” o que tiene experiencia en algo pudiera obtener unos pequeños ingresos. En general, además, suelen ser tareas que no pueden/quieren acometer los profesionales o las empresas ya que, de hacerlo, el importe será tan desorbitado que el cliente, seguramente, se sienta estafado.

Pero la idea se me fue evaporando conforme empecé a ver qué sería necesario para que esto pudiera funcionar en España. El primero y, más importante, escollo sería ni más ni menos que las obligaciones mercantiles, laborales y fiscales que tendrían que cumplir quienes realizaran esas pequeñas tareas: alta en IAE, alta en autónomos, cotizar al RETA,… ¿Todo esto para terminar ingresando 30o euros al mes? Imposible.

Al igual que nuestros niños lo tienen muy complicado, dado el entramado reglamentario del que disfrutamos en este país, –seguro que no tardaría ni diez minutos en aparecer la policia municipal para quitarles el puesto–, nosotros tampoco podemos poner nuestro puesto de limonada.

Hay solución

Ahora que se habla mucho de la futura Ley de Emprendedores (en este país cada figura, actividad, etc. parece que debe tener su propia ley) ¿por qué no se trabaja también en la desregulación de ciertos aspectos que pueden fomentar el espíritu emprendedor? Por ejemplo, en el caso del que hablamos. por qué no hacemos como en el Reino Unido, que el mínimo de cotización de autónomos es de 50 euros (mucho más lógica que obligar a alguien a pagar desde 225 euros al mes), o como en Alemania, donde no es necesario darse de alta en una actividad económica sino se supera una cantidad de ingresos (creo que rondan los 1.200 euros anuales).

¿Por qué no dejamos que las personas puedan obtener ingresos –de forma lícita, es decir, emitiendo factura, reteniendo el IRPF,…– sin tener que cumplir con toda una retaila de obligaciones? si estos no superan una cantidad (6.000, 10.000 euros, no sé, el límite que se considere que ya puede ser “una empresa”). ¿No fomentaría esto el nacimiento de muchísimas más iniciativas emprendedoras y, además, supondrían mayores ingresos para el fisco? Iniciativas que pueden ser el germen de empresa innovadoras, generadoras de empleo. Por favor ¡Déjennos poner nuestro puesto de limonada! ¿Quién dice que no puede convertirse en el futuro en la multinacional del limón?

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11/junio/2012

Cuestiones baladíes como el precio de tu producto o tu canal de ventas

Hablando sobre la venta de Instagram a Facebook con un emprendedor tecnológico bastante conocido, me animo a salir del armario y le suelto con mi desparpajo habitual -vamos, con ese valor mañanero que aporta la ignorancia-:

“A mi, como me empresa, me gusta más Hipstamatic. Han vendido un producto desde el primer día y han ingresado dinero desde el primer día, en lugar de vender una base de datos”.

Y el emprendedor tecnológico, para mi sorpresa, va y me responde:

“Sí. Es una tendencia que viene de Silicon Valley: Es más fácil vender una empresa basada en expectativas que basada en fundamentos”.

Todo esto viene a cuento de que considero que este tipo de operaciones -al margen de que la herramienta o el producto sean muy buenos- hacen mucho daño a los emprendedores (bueno, por eso y porque me parecía un pecado desaprovechar esa pedazo de frase). Se montan empresas que no generan ni un euro para la caja de la empresa (así, en negrita) para que venga un gigante y te la compre. El problema es que eso ocurre pocas veces. Muy pocas veces. Y mientras tanto se van quedando proyectos en el camino cuyo único modelo de negocio es: méteme pasta, querido business angel, que voy a tener muchos usuarios y le vamos a cascar el negocio a un Facebook.

Hace unas semanas entrevisté a Tim Clark, co-autor de Tu modelo de negocio, junto a Alex Osterwalder. Es la segunda parte del bestseller Generación de modelos de negocio, aplicada a autónomos y personas que quieran darle un giro a su carrera profesional. El caso es que cogí a Clark por banda y le solté:

“A algunos emprendedores les cuesta explicar su modelo de negocio, por no hablar de la dificultad de para encontrar un modelo que convierta su idea en un proyecto viable”.

Me mira, como diciendo, yo-he-venido-a-hablar-de-mi-libro, y añade:

“Sí, esto ocurre habitualmente con muchos emprendedores tecnológicos.

Suele ocurrir esto a menudo: le das vueltas en la cabeza a una idea, dibujas un modelo de negocio en tu cabeza, luego te sientas a diseñar sobre el papel tu plan de negocio y crees que tu idea es fabulosa… pero esto es sólo una hipótesis y tienes que testarla –con un producto mínimo viable– con el mercado, con tus clientes potenciales para ver si les interesa y si están dispuestos a pagar por ello. Te ayuda a descartar y a centrarte en lo que sí puede tener valor.

Es una situación muy común: tienen una propuesta de valor sólida, incluso tienen idea de quiénes son sus consumidores, pero no tienen en cuenta que tienen que salir a vender y que tienen que vender a través de un canal. No piensan en marketing, ni en distribución, ni en precios. Reflexionar sobre su modelo de negocio les puede ayudar a darse cuenta de que hay espacios en blanco que tienen que rellenar y reflexionar sobre cómo pueden llenarlos. La diferencia está entre tener una empresa y no tener nada”.

Precio… canal de ventas… ¿qué narices estoy vendiendo realmente? Así, escrito esto parece poca cosa, y sin embargo… Luego nos extraña que haya mucha innovación que no salga de departamentos de universidades y, lo más triste, de viveros de empresas de universidades y viveros públicos. Y todo ello, por no hacer un plan de marketing y preguntarse:

1) ¿Dónde dirigir el producto?

2) ¿A quién se dirige?

3) ¿Cómo diferenciarlo?

4) ¿Para qué se utiliza?

5) ¿Cómo lo vamos a presentar?

6) ¿Precio?

Y todo ello también por creer que es suficiente generar un volumen enorme de usuarios para que luego venga otra empresa y nos lo compre. ¿No sería mejor vender un producto, cobrar por él, ganar dinero, no tener que recurrir a business angels y, si algún día me interesa y tengo suerte, forrarme vendiendo una empresa que factura un montón?

Vamos, que menos Instagram, menos Facebook, menos Tuenti, y más Gowex. Yo, si fuera emprendedor, me fijaría más en Jenaro García que en el amigo Zuckerberg.

¿Y tu proyecto de empresa? ¿Se basa en expectativas o en fundamentos?

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8/junio/2012

Tecnología para emprender en educación

En un momento como el actual en el que se habla tanto de recortes en educación (un área en la que jamás se debería recortar) no está de más recordar que la educación sigue ofreciendo oportunidades de negocio que pueden conservar ese equilibrio entre ofrecer conocimiento y hacer negocio.

Prácticamente ningún emprendedor se puede montar una universidad privada o una escuela de negocios con profesores de élite, pero sí son muchos los que pueden innovar y ofrecer en el mercado buenos contenidos, más atractivos que el resto de ofertas existentes, y más adaptados a los tiempos.

Innovar, romper esquemas, poner un pie más allá de donde lo tienen los demás es imprescindible para triunfar en un negocio casi siempre minoritario, pero que si está bien estructurado puede ser una aventura apasionante (e, insisto, rentable).

Innovar en educación pasa por ser capaces de combinar a partes iguales aprendizaje y entretenimiento. Sí, ese binomio es posible y debe ser deseable. Apple nos enseñó que era posible cuando lanzó Vida en la tierra, un libro de biología que incluía vídeos, animación, moléculas en movimiento y visitas guiadas, que la tecnología es un aliado perfecto para mejorar el aprendizaje de cualquier materia. Después invitó a todos los amantes de los libros a crear los suyos propios con el lanzamiento de iBook Author, que permite a cualquier persona publicar un libro didáctico.

Habrá quien piense que la muerte de la cultura es precisamente haber creado un mercado en el que se ha terminado por confundir cultura con entretenimiento. Pero yo soy de las que creo que no hay que ponerse “cafre” y pensar que la educación tiene que ser algo aburrido y complejo. Todo lo contrario. Es más, en un mundo como el actual, en el que el saber con mayúsculas tiene que convivir (y competir) con tanto exceso de estímulos y de información banal es más necesario que nunca innovar en las formas de aprendizaje.

Y hay emprendedores que lo han comprendido muy bien y están desarrollando negocios en esa línea. Negocios basados en la realidad actual. En la forma de consumo de los contenidos. En las redes sociales. En la tecnología, que nos permite ver visualmente lo que antes quedaba al amparo de nuestra imaginación cuando estudiábamos exclusivamente con libros de texto.

Negocios como Smartick, un método de enseñanza online que promete facilitar la comprensión  y aprendizaje de las matemáticas (asignatura “hueso” donde las haya para una gran parte de los estudiantes). Una plataforma en la que han participado psicopedagos, educadores, matemáticos e ingenieros y que se fundamenta, según me explican sus fundadores, “en hacer trabajar siempre al alumno en la frontera de su máximo nivel de competencia sin que al niño le suponga un esfuerzo extraordinario, ya que se hace mediante un método que se adapta al alumno y no al revés”.

Y parece que funciona. En el curso 2010-2011 se hizo un programa piloto con más de 1.000 niños de primaria en 33 colegios públicos, privados y concertados y los resultados fueron que el 94% de los alumnos mejoró su capacidad de cálculo, el 70% incrementó su nota de matemáticas y más de la mitad la del resto de asignaturas.

Otro ejemplo emprendedor que combina la tecnología con la educación es Playing for Learning, una plataformapara aprender inglés a través de Facebook creada por Eduardo Valencia, un emprendedor de Pamplona. En este caso, el aprendizaje del idioma se basa en juegos sociales, una buena idea para adquirir vocabulario y soltura con el inglés, aunque su eficacia no está tan contrastada como el anterior proyecto.

Más. Los cuentos personalizados de Fabuloos Dreams, otra iniciativa emprendedora que en este caso se basa en estimular la afición a la lectura a través de cuentos en los que el lector puede sentirse parte de la historia integrando su propia imagen. O los libros enriquecidos de Enhancing Ebooks, que combinan la lectura con vídeos protagonizados por los autores; de momento, emprendedores conocidos como Didac Lee o Xavier Berneda (de las zapatillas Munich) o conferenciantes como Alex Rovira.

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6/junio/2012

Reinventar la artesanía

Me gusta hablar de innovación y más cuando ésta no pasa por tener un departamento de I+D, sino de cuestionarse los esquemas de un sector tradicional y buscar modos de cambiarlos. Y estaréis de acuerdo conmigo en que uno de los sectores más tradicionales que existen es el de la artesanía. Tan tradicional, que hay quien cree que está muerto, que no tiene futuro (algo que me han dicho a menudo personas que estaban en ese negocio).

Me sorprende la afirmación porque yo soy de las que opino todo lo contrario. En un mundo dominado por los avances de la tecnología, las cosas de siempre ganan más peso que nunca. Son dos tendencias que coexisten sin interferirse. Otra cosa es que uno se empeñe en seguir haciendo las mismas cosas de la misma forma. Y no me refiero al producto en sí (el artesanal, que es el que tiene valor en sí y el que no se debe cambiar, o se debe cambiar poco) sino en la forma de comercializarlo.

Resulta que las tecnologías lejos de convertirse en una amenaza pueden ser un aliado estupendo para este tipo de negocios. Sin renunciar a la esencia de lo que venden, insisto. El mediático Bere Casillas hace ya tiempo que nos dio un buen ejemplo de cómo se reinventa una sastrería. Como también nos lo ha dado Ricardo Lop, de Aceros de Hispania. Dos craks de la comunicación.

Pero hay todavía emprendedores en este campo que no son tan conocidos y que están haciendo igualmente cosas revolucionarias que pueden servir de ejemplo para quienes estáis en este tipo de negocios.
Uno de ellos es La fragua de Mink (echad un vistazo a la web porque es de una calidad impresionante y demuestra que con pasión se pueden romper muchos esquemas, hasta en un negocio que todavía asociamos a ese yunque y martillo que quienes jamás hemos visto una fragua no somos capaces de asociar más que a esos cantaores flamencos que se atreven con un martinete). Éste es un proyecto del emprendedor Thomas Mink, que creó su taller a finales de 2011 (nada menos que una fragua de carbón, yunque y martillo en la Comunidad de Madrid). Y lo más sorprendente: un alemán que “pasa” de ese dorado en el que se han convertido las ingenierías y que nos empieza a recordar la llegada de buscadores de oro tan bien que tan bien retrataron los fabulosos western de John Ford y por ahí.

Pero hay más ideas “rompedoras” y a seguir, no copiando, pero sí repensando nuevas propuestas de negocio. Como la catalana The facsimile codex, que se ha metido nada más y nada menos que en un sector tan clásico como son los códices, esos libros ilustrados que tan exquisitamente se hacían en los conventos medievales de la Edad Media y que popularizó Umberto Eco con su novela llevada al cine, El nombre de la rosa. O quizás fue el cine quien la inmortalizó y luego retroalimentó la lectura de la novela. Lo mismo da. Buenos contenidos en soportes diferentes capaces de potenciar la buena literatura y el buen cien. Y por ende, negocios para paladares exigentes. Es que la artesanía se tiene que enfocar así. Productos caros, exclusivos y para paladares exigentes, dispuestos a pagar lo que haga falta por un producto de consumo reducido. Y eso también es negocio. No todo va por el the long tail que tan bien ha explotado Amazon.

Los emprendedores de The Facsimile Codex se han metido en una forma de crear libros muy tradicional, pero aprovechando las tecnologías. Sus ediciones están recreadas con termoestampación en oro puro; seguro que para evitar la ceguera sobrevenida por los años de trabajo de los maestros ilustradores de la novela Me llamo Rojo, del magnífico Orhan Pamuk. Han buscado un temita que pueda interesar a un público amplio, el Kama Sutra Persa, y los están componiendo siguiendo la elaboración artesanal de la Edad Media, cosido a mano y encuadernado a mano. ¿El precio? Por supuesto prohibitivo: 3.800 euros cada obra. Es que la artesanía puede (y debe) ser un producto de lujo. Es ahí donde está el principal negocio.

Pero estamos en crisis, época de recortes y de prima de riesgo por encima de los 500 euros, hay que bajar las expectativas (y posibilidades) de algunos bolsillos. Ok, es que también así hay nuevas oportunidades. Ofrecer la artesanía  con un envoltorio de lujo “para la inmensa minoría”.O sea, lujo de masas, que no nos cansaremos de repetir en la revista que es una E-NOR-ME oportunidad de negocio. Aquí entran conceptos como el de Lapety.com, una firma virtual que ofrece artesanía reivindicando el valor de lo exclusivo. Productos relacionados con los complementos o los artículos del hogar, para mucha gente, pueden ser una forma de lujo si los limitamos en el número de producciones (recordar marcas de éxito que se han basado en esta idea, como Unode50). Y lo mejor, negocios de este tipo se convierten en una plataforma perfecta para artesanos que sean capaces de ofrecer una alta calidad y esa exclusividad que tanto gusta en un mundo dominado por franquicias y marcas globalizadas.

¿Más formas de reinventar la artesanía? Tengo una hermana que lo hace, pero no sabe comunicarlo/ comercializarlo. Crear productos en tres dimensiones de una obra artesanal que se basa en el ladrillo y la bidimensionalidad (los Socarrats de Paterna, mi pueblo, por ejemplo, convertidos en esculturas en lugar de cuadros). Eso en cuanto a producto. Si pensamos en formas de venderla, ahora Internet ofrece muchas más posibilidades. Un ejemplo: Pinterest. Una red perfecta para vender artesanía. Lástima que los artesanos se olviden del mundo en el que viven, no sean capaces de reciclarse (la mayoría, of course, no todos, si no, este post no tendría sentido) y se crean que su negocio está muerto cuando está más vivo que nunca.

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4/junio/2012

Las oportunidades móviles ya son presente

Sorpresas y de las buenas me estoy encontrando preparando el dossier del próximo número, que va de oportunidades de negocio en torno a los dispositivos móviles, sean smartphones o tablets. Sorpresas a pesar de que sabía que todo lo que tenga que ver con el uso del móvil se va a convertir en una fuente inagotable de oportunidades. Conocía el estudio publicado por Google, Global Smartphone User, que desveló el dato de que España es el segundo país del mundo con mayor número de usuarios de smartphones, sólo por detrás de Reino Unido. Sabía también que casi la mitad de los móviles de nuestro país son ya teléfonos inteligentes, o sea, los que permiten desarrollar  todas esas oportunidades de negocio que están ahí desde hace tiempo. Se ha creado en poquísimo tiempo esa masa crítica de la que tanto se habla siempre en las redes para que las oportunidades fuesen reales, palpables y de presente.

Pero creía que todas las oportunidades pasaban por el desarrollo de Apps (que tampoco es que sean despreciables,  cuando significan que unos emprendedores pueden crear algo como Instagram y pasarle por la izquierda a un gigante como Yahoo y su Flickr). Pero eso ya lo conoce la mayoría de la gente que está al cabo de las tendencias. No estaba a la altura de nuestras exigencias en la revista. Malo.

La sorpresa ha venido cuando me he empezado a encontrar con empresas españolas (pymes) que están haciendo cosas increíbles en mercados muy muy incipientes. Y con mucho futuro. Había oído hablar hace años de este tipo de negocios, pero me seguían sonando a ciencia ficción, cuando en realidad están ya en el momento justo para empezar a desarrollarse.

Hablo de negocios especializados en mercados tan vírgenes como la tecnología NFC como forma de pago, que está explotando BCN Touch; de las que ya están desarrollando en España aplicaciones basadas en realidad aumentada, como Arpa Solutions; las que están en el segmento de los videojuegos para móviles y se ponen a innovar combinando situaciones reales con las estrategias de juego (Hungry Monster y la red de tiendas de chuches Belros), de la televisión interactiva, que nos va a permitir comprar por móvil lo que veamos en la caja tonta además de interactuar con la publicidad como nunca antes habíamos hecho (otro nicho que ya está explotando en España Tap Tap Networks y que se ha estrenado en él con el primer anuncio interactivo a nivel europeo, protagonizado por el Renault Twizy), del GPS y la geolocalización aplicados a resolver problemas cotidianos, como los GPShoes de Innovalley que vibran para indicarnos el camino cuando vamos en bici, o los móviles que nos vibran en el brazo cuando vamos a más velocidad de la que nos permite la vía (un evita-multas en toda regla y en el que no hay que invertir nada, lo tenemos en el móvil!).

¿Sigue sonando lejano? No lo creo en absoluto. Esta misma semana he recibido dos notas de prensa sobre desarrollos RE-A-LES de varios de estos negocios y por parte de grandes empresas. Dos de ellas tienen que ver con la tecnología NFC, uno de los nichos que se me antojaban más a largo plazo: Caprabo ha instaurado esta misma semana la tecnología NFC en sus centros comerciales para agilizar las ventas y Renfe lo hará el próximo año para que no tengamos que llevar billetes en el bolsillo (basta presentar el móvil). Le seguirán los billetes de metro y autobús. Quizás las entradas de cine, conciertos y cualquier evento que nos obligue a enseñar una reserva. Los cupones descuentos cuando vayamos a una tienda física a comprar (algo que también es posible actualmente). Todo eso son nuevas oportunidades explotando un terminal móvil de una forma que jamás habríamos pensado, pero es que hay muchas más oportunidades en torno a negocios más “corrientes”.  Agencias de marketing móvil, por ejemplo, que apenas existen en España. Y que pueden desarrollar modelos de publicidad nuevos, como las campañas de branding con juegos que combinan la realidad con la ficción, como los que desarrollan Monoagency; o que sean capaces de posicionar bien las apps en Apple Store y Google Store.

Otra idea fundamental: el m-commerce no pasa por una simple adaptación de la web de Internet a un cacharro con pantalla más pequeña. Es mucho más que todo eso. Estamos en el inicio de esta nueva forma de comprar y los usuarios lo harán solo en los negocios que les den información ágil y simple, además de facilitarles el cierre de la venta.  Estamos también ante el reto de crear negocios de contenidos, tan ricos que el usuario esté dispuesto a pagar por ellos, a pesar de que Internet ofrece tanto gratis (libros enriquecidos, con vídeos en los que el propio autor nos cuenta el contenido, en una charla rápida, para no leer, en una vuelta de tuerca más por facilitarnos la vida hasta puntos impensables (una aberración para una lectora voraz como yo y otros muchos, pero útil si hablamos de libros de consumo rápido, que nos den información útil). Estamos, en definitiva, en un momento en el que todo es posible. Lo más increíble y lo más clásico, pero siempre con modelos creados en un formato más pequeño, pero sobre todo más exigente y ágil. Más simple.

Otro idea clave para comprender el momento tan increíble en el que estamos. Los negocios a través del móvil van a ser una revolución tan grande como cuando en su día todas las empresas tuvieron que aplicarse la adaptación de Internet. Nada más y nada menos. Todas van a necesitar antes o después una web móvil y las más ambiciosas y “listas” una App para vender online (mucho más ágil y con mayor capacidad para fidelizar al cliente). Como para perdérselo.

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1/junio/2012

Los inversores no sólo están para soltar pasta

No hay día que no hable con un emprendedor que no me diga que anda loco por levantar financiación para su proyecto. En los últimos tiempos, esa acción –la de levantar capital– ha alcanzado ciertos tintes obsesivos y digo obsesivos porque muchos emprendedores no se atreven a dar el siguiente paso si no cuentan con respaldo financiero. Y eso –junto a la idea trasnochada, caduca y errónea de que la idea es lo más importante– es otro de los grandes mitos que ha sido destapado.

Profundizaremos en la revista Emprendedores en un próximo reportaje, pero ya adelanto a todos esos defensores a ultranza de la financiación, que se puede emprender sin tener socios inversores detrás, no lo digo yo –que sólo soy un modesto y mortal redactor– sino muchos expertos.

Es sabido que la financiación ideal es la que nos aportan nuestros propios clientes pagando por nuestro productos y/o servicios, pero eso no le resulta fácil a muchas empresas. Ojo, no estoy diciendo que la financiación externa no sea necesaria; sí lo es, pero en muchas ocasiones no es lo más importante en etapas iniciales de un proyecto. En muchos casos –en la mayoría–, lo más importante es buscar clientes y salir a vender y para eso no hace falta dinero, sino tan ‘sólo’ dotes comerciales y saber dónde están nuestros clientes.

Dicho esto y sin que se tome todo lo anterior como dogma de fe, es evidente que el papel que juegan los inversores en el desarrollo y crecimiento de un proyecto es fundamental para su supervivencia. Un claro ejemplo es el reportaje que hemos dado en nuestro número de junio sobre ‘Cómo convencer a un business angels’. Soy defensor a ultranza de los business angels, una figura que debería favorecerse más en España (con incentivos fiscales y formación) si queremos que crezcan los emprendedores de calidad.

Y toda esta perorata surge a raíz de un debate que tuve el otro día con un amigo que no creía en los business angels más de lo que pudiera creer en los bancos como financiadores de un proyecto. Me decía que, puestos a elegir y si no tuviera otra opción, preferiría a un banco antes que tener a un business angels, porque del primero sólo tiene que preocuparse por devolverle el dinero que le ha prestado, mientras que con un business angels, además de conseguirle una salida rentable, tiene que ‘aguantarle’ dentro del accionariado de su compañía así como tener que validar y consensuar la toma de decisiones con él.

En mi defensa, le comenté que los business angels no sólo interesan porque pongan dinero sino que además ayudan –gracias a su experiencia– en la toma de decisiones estratégicas para el crecimiento del proyecto. Y estoy convencido de eso, a pesar de que hace unos días hablando con un experto en emprendimiento sobre la calidad de nuestros business angels me decía que, “actualmente, son muy pocos y algunos de ellos sólo tienen dinero y pocos o escasos conocimientos en la toma de decisiones estratégicas, porque son inversores que proceden del ladrillo y ahora se han visto con dinero y alguien les ha dicho que inviertan en proyectos tecnológicos”.

Esa es una verdad a medias, porque yo sí creo que hay un grupo selecto de business angels y de inversores con pedigrí, que saben de qué hablan y sobre qué se juegan sus cuartos.

Llevo meses recopilando –cual hormiga– todos los nombres propios y sociedades que llegan a mis manos que tienen relación, de alguna manera, con la búsqueda de financiación para emprender. Y entre esos cientos de inversores que hay en España estoy convencido que hay –como en todo– inversores de calidad, es decir, de los que no especulan, que no sólo arriesgan su dinero sino que además aportan conocimientos de valor para el desarrollo y crecimiento de los proyectos en los que entran.

Y esa es una imagen que debería cambiar, porque muchos emprendedores piensan que los inversores ‘sólo’ valen para poner dinero. Me sorprendió –para bien–, hablando hace unos días con unos emprendedores, cuando me contaron que ellos también tenían a sus business angels, pero que en su caso, no aportan capital sino conocimientos. “Muchas de las decisiones, estratégicas y también a veces operativas, las compartimos con nuestro pequeño comité de expertos. En ocasiones, necesitamos largas reuniones, otras veces buscamos la agilidad con simples chequeos vía web o mail. Esto nos permite disponer de una visión del negocio más amplia y basada en un mayor conocimiento, pero también asegurarnos que mantenemos una objetividad en relación a la empresa, pecado en el que muchos emprendedores pueden caer por estar enamorados de su propia idea o marca”.

¿Habéis tenido buenas o no tan buenas experiencias con inversores?

 

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