21/septiembre/2012

¡Estoy harto!

Vuelvo a la carga.

Lo reconozco, para retomar el curso escolar a punto he estado de echarme el moco con ooooooooooootra reflexión sobre modelos de negocio disruptivos a raíz de un artículo que leí el otro día sobre uno de los científicos que descubrieron el oxígeno: Joseph Priestly, (comparte la paternidad con Lavoisier –el de la materia-ni-se-crea-ni-se-destruye-sino-que-se-transforma- y un menos mediático Scheele) a quien, además, gracias a que hacía sus experimentos en una fábrica de cerveza al lado de su casa, le debemos también el descubrimiento de las bebidas con gas. Iba a hacer mi propio experimento y a mezclar teorías científicas y emprendedoras…

Pero, ¿qué queréis que os diga?, he recapacitado y me he dado cuenta de el mundo no necesitaba esta reflexión. Sobre todo cuando lo que más me llamaba la atención (soy así de superficial) es que hacía los experimentos entre refrescante lúpulo -que por aquel entonces no era tan refrescante, sino más bien tirando a calentorro- y que tenía afición a meter cosas en tarros, cerrar esos tarros y ver si sobrevivían (las cosas, no los tarros), con el siguiente resultado: araña 0 – tarro 1; ratón 0 – tarro 1; planta de menta 1 – tarro 0.

Bueno, que os ahorro el rollo.

Voy a aprovechar para hablar sobre fortalezas personales. Una cosa es que escriba de pascuas a ramos sobre liderazgo y fortalezas personales y otra muy distinta que sepa, de verdad, algo sobre liderazgo y fortalezas personales. Sé seleccionar razonablemente bien a la gente que  más sabe, de verdad (hay mucho milonguero suelto), sobre esas cosas, y conseguir que os la cuenten a vosotros (que es, básicamente, lo que hacemos los periodistas cuando no andamos divagando en nuestros blogs), nuestros lectores, pero de ahí a saber… pues va un abismo.

Esto viene a cuento de que, después de escribir el reportaje sobre liderazgo, al incorporarme esta semana de mis vacaciones me encontré con este correo electrónico (los puntos suspensivos son para proteger la identidad de esta persona) en mi buzón:

Hola Rafael,

[…] Te escribo con un poco de desesperación. Tengo aquí una bruja […] que me amarga la vida. Estoy desesperada. Tengo que trabajar con ella pero es imposible. ¿Qué hago? ¿Contrato a unos matones? ¿Le hago vudú? ¿Le pago un viaje al espacio sideral? Yo soy un caniche y ella un bulldog. ¿Cómo puedo salir de ésta?

Mil gracias ;-((

Me quedé como os acabáis de quedar vosotros. A punto estuve de no responder, pero me sentí mal por ella (aunque lo afrontara con humor, pasar por una situación así no es precisamente agradable). Cuando nos pedís consejo sobre vuestros negocios, nos quedamos igual. Somos periodistas, no consultores. Os solemos derivar a gente que sí que entiende.

Como durante la crisis mucha gente está pasando por situaciones parecidas y ahora parece que da más miedo, al final, pensé que habrá gente que necesite un empujoncito o que, al menos, no se sienta sola, así que le respondí esto (además de para proteger su identidad, los puntos suspensivos son para ahorraros la parte en la que le digo que consulte con un experto, con alguien que sepa):

Hola, […]

[…]

Yo pasé por lo mismo hace unos cuantos años. La primera vez no hice nada y eso es lo peor que se puede hacer. La segunda vez le planté cara y lo denuncié ante un jefe y fue suficiente. Te lo cuento para que no te sientas tan sola.

La primera vez fue a manos de un compañero de trabajo y la segunda, a manos de un jefe.

A la primera no supe hacerle frente y mi forma de responder fue huir. Me gustaría decir que fui valiente o que era suficiente maduro o que tenía la suficiente confianza en mi mismo, pero, la verdad, es que pudo conmigo. Básicamente, conseguí un puesto de trabajo que mi compañero quería tener. Y eso que a él se lo habían ofrecido antes.

El problema es que él quería mi puesto, pero no todo lo que conllevaba: trabajar como un bestia (y de hecho, ganar menos dinero que él). Era mucho trabajo (nunca he currado tantísimo en mi vida: por las noches, los fines de semana…) para una sola persona, pero era un trabajo goloso.

El tío me descalificaba públicamente, y me insultaba y me amenazaba cuando nadie miraba. En fin, lo típico. Como mi trabajo salía bien y los jefes estaban contentos yo creía que eso era suficiente para hacerle frente y que se le terminaría pasando la tontería. Y eso lo que hacía era cabrearle más. Cuánto más trabajaba, mejor me salían las cosas y más reconocimiento tenía… más me atacaba él. Y además tenía la suerte de mi lado: conseguía cosas a la primera… Ya te puedes hacer una idea.

El problema fue que salvo un par de compañeros y los tres jefes, el resto de la plantilla comenzó a hacerle caso a él: llevaba más tiempo, era alto, guapo y con dotes de persuasión… todo lo que yo no tenía. Y al final fue eso lo que acabó conmigo. Que el resto de la plantilla le hiciera caso, y que a mi me afectara que se creyeran sus mentiras (si por lo menos lo que decía fuera cierto, lo hubiera encajado). Incluso gente a la que me quedaba ayudando todas las semanas. Fue con eso con lo que no pude. Ir a trabajar era una [bip] mierda. Me daba un miedo terrible montarme en el ascensor para subir a la oficina. Cierro los ojos y me veo dentro de él.

Me libré de él porque tuve la suerte de que me ofrecieran un trabajo y lo cogí sin pensarlo dos veces, no porque lo solucionara.

Pero, como sabes de sobra, huir de los problemas no sirve de nada. Así que en el nuevo trabajo me pasó lo mismo, sólo que con un jefe… y sólo que esta vez sí que supe qué hacer.

¿Cómo lo resolví? Me di cuenta de que detrás del mobbing se encuentra gente insegura, así que lo aproveché. Cada vez que él trataba de atacarme, le ponía delante de sus narices todos sus fracasos. Cuando trataba de insultarme a solas, me lo llevaba a zonas públicas donde le rebatía públicamente… y le ponía delante de sus narices todos sus fracasos.

Y, además, comencé a ignorar su ‘poder’. Le dejé claro que como no cambiara su actitud, no le reconocía como jefe. Y eso se lo dije al resto de jefes y a todos mis compañeros (una plantilla de 50 personas).

Tengo que decir que no fue primero a por mi, así que en este caso le costó encontrar apoyo público, apoyo que ya me encargué yo de generar hacia mi y no hacia él. Y sobre todo me apoyé en los jefes.

Y eso te puedo contar, así apresuradamente.

Ah, si no se lo has contado a tu pareja, ya se lo estás contando.

Y esto es lo que te puedo decir. Espero que te sirva. Hagas lo que hagas no lo dejes estar, ni le abras la cabeza con un sartén, que es ilegal. ;-)

Ya me contarás.

Un beso,

Rafa

He decidido compartir hoy este cruce de correos después de que Pilar Jericó y Marta Romo, fundadoras de Be Up, tuvieran esta semana la generosidad de invitarme a un taller de entrenamiento de fortalezas personales para que viera qué hacen exactamente con sus clientes y me pusiera en sus zapatos. Mentiría si no dijera que en la revista recelamos de estas cosas, pero viniendo de ellas, pensé que merecía la pena. Y es verdad: merecía la pena.

Entre otras muchas cosas, en el taller se recurrió a simulaciones de situaciones difíciles. En concreto, me pusieron en una situación en la que tenía que ponerle los puntos sobre las íes a un supuesto compañero de trabajo y francamente era incapaz de hacerlo. Lo intentaba y lo intentaba, y nada. Parecía Lina Morgan, con todos los respetos. Hasta que me indicaron que probara a tratar la situación desde un punto emocional, y ahí, señoras y señores, sacaron (con gran esfuerzo por su parte, y mayor esfuerzo por el mío) al otro Morgan que llevo dentro… Dexter Morgan. Conseguí más con un “¡Estoy harto!” que con sesudas estrategias para demostrar a mi interlocutor de que estaba equivocado. Y funcionó.

En mi caso, para conseguir resultados, necesito sacar a relucir mi parte emocional. Ese es mi fuerte. En otros casos, es la cabeza la que tiene que mandar en momentos críticos; en otros, contar con un firme propósito; en otros, trabajarlo desde la cabeza, y en otros, usar el cuerpo (en el sentido de tener una mayor presencia, a la hora de mantener una conversación). Quiero decir con esto que lo de “¡Estoy harto!” no le vale a todo el mundo y que no todo el mundo sabemos ver cuáles son nuestras fortalezas y es mejor si tenemos a alguien que nos ayude.

Pensando en el correo que escribí y en lo que realmente me ayudó a superar la situación de mobbing (o que yo creo que fue mobbing) por la que pasé me he dado cuenta que fue más sacar a relucir mi fortaleza -cantarle las cuarenta al individuo en cuestión con su mismo lenguaje- que ir a llorarle a mis jefes.

Vamos, que muchas gracias Pilar y Marta.

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Publicado en la categoría: Rafael Galán

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