10/junio/2013

Proyecto de generación de rechazos

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Al tópico de plantar un árbol, tener un hijo, montar en globo, y escribir un libro, yo añadiría que al menos una vez en la vida de una persona hay que arreglar el trastero.

Durante dos meses, mi mujer y yo hemos aprovechado las siestas de nuestra hija para limpiar el trastero. Un trastero pequeñito, pero con tantas cajas en el espacio, que hemos dado una nueva dimensión a la teoría de cuerdas. Las pilas de cajas tenían unos estados vibracionales que redefinen la física tal y como la conocemos. El caso es que por puro síndrome de Diógenes, como me imagino que le pasa a más gente, ni mi mujer ni yo, tiramos nada de lo que teníamos en nuestras anteriores casas cuando nos fuimos a vivir juntos. Muchas cosas ya estaban en cajas de anteriores mudanzas, de anteriores mudanzas, trazando una línea recta hacia nuestros hogares familiares. El caso es que hemos tirado el 99% de las cosas que teníamos en el trastero, y hemos acondicionado los tres metros cuadrados para reconvertir el espacio en una bodega para alquilar a los vecinos, al estilo de la estadounidense Phenol55.com. Mientras conseguimos los clientes, nos sirve para guardar carritos, triciclos, bicicletas y una escultura de la venus de Milo con papel de periódico y masilla de Art Attack.

En ese uno por ciento que ha sobrevivido a la Inquisición, se encuentran todas las cartas de rechazo que recibí cuando en los últimos años de carrera decidí llamar a la puerta de todas las empresas en las que quería trabajar, mientras hacía prácticas en las que no quería trabajar, y que he tenido a bien conservar todos estos años (no me mires así, estábamos a mediados de los noventa y aún se enviaban cartas). Escribí a la NBC, a la BBC, a la ABC, a la CBS, a Associated Press, a Reuters, al gabinete de prensa de la ONU… y a unas cuantas revistas españolas que me parecían que eran dignas de llevar mi firma (tenía 19 años y todavía no sabía que me iba a convertir en periodista de gestión). Y ojo, no eran cartas al uso, eran cartas individuales y todas ellas adjuntaban artículos escritos por servidor pensando exclusivamente para su medio que a mi me parecían fantabulosos (leídas ahora son bastante ingenuas, pero no me avergüenzo de ninguna de ellas). El caso es que todos los sitios de primera línea, me respondieron dándome las gracias, pero no con las frases habituales: que si lamentamos comunicarle, que si después de considerarlo detenidamente… La verdad es que no me sentaba mal recibirlas. De hecho, me servían de acicate.

¡Venga, Rafa, al grano!

Esta semana me ha llegado el último libro de Daniel H. Pink, ‘Vender es humano’ (Gestión 2000) y me he encontrado con un consejo para vendedores (en el más amplio sentido de la palabra) allá por la página 133: envíate tu propia carta de denegación. Estaba yo leyendo tan campante, descansando ahora que no tengo que hacer horas extra revisando cajas en el trastero, cuando voy y me encuentro con esto:

“Incluso en una época de mensajes de texto y tuits, la negativa llega muchas veces en una hoja de papel doblada dentro de un sobre. a nadie le gusta recibir este tipo de cartas. Pero una forma de reducir esa desazón, y quizá de evitarla del todo, es prever la negativa escribiendo nosotros mismos la carta. Pongamos que debes realizar una entrevista para un nuevo empleo o que intentas reunir fondos de un inversor…”.

El texto sigue y sugiere que elabores tú antes que los demás la lista de razones de su negativa. En España no es que falten precisamente personas que te disuadan de tus sueños o que minusvaloren/menosprecien tus ideas -de hecho, tiene mucho que ver con el carácter español, como tiene también mucho que ver el estigma del fracaso-, pero en la revista echamos mucho en falta autocrítica en muchos emprendedores que arrancan. No es que sus proyectos no sean buenos, sino que o no hacen el DAFO o en el DAFO se les olvida que una amenaza es, precisamente, ese competidor que lo hace también y que está al lado de ellos. O que su estructura de costes puede ahogarles como no tengan éxito en cuatro-cinco meses (y podrían tener éxito redimensionando su proyecto, pero no quieren hacerlo).

A mi esas cartas debo decir que me motivaron. Con el tiempo aprendí que esa no era la forma de acceder a este tipo de empresas, que era todavía joven… vamos, lo que aprendemos todos. Cuando me llegaban, sí me daba rabia, pero al ratito las guardaba en una carpetilla y me decía: ‘Ya verán’. Y esa carpetilla sigue en casa.

Así que la carta de rechazo, más allá de motivar en las búsqueda de empleo, resulta que pueden motivar a buscar financiación, a vender tu idea a tus empleados…

Pink habla en el libro del ‘Proyecto de generación de rechazos’, un colectivo de aspirantes a escritores (estadounidenses), que están dispuestos a escribir una carta de rechazo a aspirantes a escritores gratis si no quieres hacerlo tú porque tienes un alto concepto de ti mismo (que ya podrías ir bajándote de las nubes). Lo he probado y tardan menos de cinco minutos. Es muy divertido, pero me parece que no pasa de ser una anécdota divertida.

Como se queda corta, me ofrezco a retomar y castellanizar el Proyecto de generación de rechazos y ampliarlo a todos los emprendedores que queráis contarme vuestra idea de negocio y queráis que la eche por tierra gratis (pero, Rafa, ¿no es eso lo que haces con los gabinetes de prensa?). Sólo tenéis que escribirme a:

rgalan (at) hearst.es

Y tan amigos. Os espero.

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Publicado en la categoría: Rafael Galán

2 Comentarios Añade un comentario

  • 1. José Enrique  |  17 de junio de 2013 a las 16:49

    En efecto eran otras épocas aquellas en las que las negativas te las traía el cartero. Ahora ya ni hay cartero…

    Aparte del efecto terapéutico que tiene la propuesta, yo plantearía otra: la viceversa.

    Imagínate que eres tú el entrevistador y piensa qué cosas pensarías para convencerte e tí mismo que eres tu mejor elección… eso es lo realmente difícil. Si no eres capaz de elegirte a tí mismo con razones sólidas, cómo vas a hacerlo con los demás.

  • 2. Gold Price  |  4 de julio de 2013 a las 17:53

    En ese uno por ciento que ha sobrevivido a la Inquisición, se encuentran todas las cartas de rechazo que recibí cuando en los últimos años de carrera decidí llamar a la puerta de todas las empresas en las que quería trabajar, mientras hacía prácticas en las que no quería trabajar, y que he tenido a bien conservar todos estos años (no me mires así, estábamos a mediados de los noventa y aún se enviaban cartas). Escribí a la NBC, a la BBC, a la ABC, a la CBS, a Associated Press, a Reuters, al gabinete de prensa de la ONU… y a unas cuantas revistas españolas que me parecían que eran dignas de llevar mi firma (tenía 19 años y todavía no sabía que me iba a convertir en periodista de gestión). Y ojo, no eran cartas al uso, eran cartas individuales y todas ellas adjuntaban artículos escritos por servidor pensando exclusivamente para su medio que a mi me parecían fantabulosos (leídas ahora son bastante ingenuas, pero no me avergüenzo de ninguna de ellas). El caso es que todos los sitios de primera línea, me respondieron dándome las gracias, pero no con las frases habituales: que si lamentamos comunicarle, que si después de considerarlo detenidamente… La verdad es que no me sentaba mal recibirlas. De hecho, me servían de acicate.

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