Archivo de noviembre, 2013

11/noviembre/2013

¿Que por qué le interesa al Gobierno apoyarte para que te hagas emprendedor?

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El otro día, cenando con unos conocidos -que no amigos, que diría mi compañero Javier-, salió el tema de que a España sólo la sacan de la crisis los emprendedores. Y, uy, como que se lió parda. Uno de los comensales decía que sí, que ese era el futuro; yo le decía que no es así de fácil, que no todo el mundo tiene madera de emprendedor, que el autoempleo tiene mucho peligro, que hay que tener cuidado con los planes B; él, que si tú a mi eso no me lo dices en la calle; que si salimos a la calle; que si hacía frío; que si nos volvimos a subir a por unas bufandas; que si nuestras mujeres nos pidieron que activáramos al telefonillo para poder seguir la riña callejera desde casa; que si seguimos discutiendo; que si varios gatos se pusieron a maullar; que si; que no; que si alguien llamó a la Policía Municipal; que si ya esposados como en Irma la dulce, la mujer de mi rival va y me grita desde el balcón: ‘Demagogooooo’.

El caso es que después de tanto discutir, y aprovechando que lo de la Policía Municipal me lo he inventado, esta mañana se me ocurrió buscar algunos datos ahora que eso del periodismo de datos está tan de moda, para ver si podía llegar a alguna conclusión más fundada echando algunas cuentas. Todo esto desde lo tranquilito y calentito que se está en la Redacción y tratando de no fallarle, en la medida de lo posible, al bueno de Darrell Huff, y teniendo en cuenta que ni soy economista, ni lo pretendo.

Y buscando, buscando, encontré algunos datos con los que poder echar cuentas.

Supongamos que, por tomar una referencia, en una red de viveros de una comunidad autónoma, como, no sé, Madrid, se crearan 230 empresas al año (ojo, dentro de una red de viveros de apoyo público). Y supongamos también que se crearan 550 empleos. No está mal. Cada empresa crea dos empleos, que curiosamente son los dos fundadores. En algún caso son tres, pero sólo para alterar las estadísticas y por aquello de que no todo el mundo entiende de C++. Supongamos que en un año, esas empresas fueran capaces de facturar entre todas 16.790.644 euros.

Imaginemos ahora que el gasto de esta misma red de viveros ascendiera ese mismo año ascendiera a 2.126.523 euros. Y supongamos también que los ingresos de la Administración pública responsable de esos viveros, ascendieran, a precios públicos -a precios de mercado- a 397.604 euros.

El 31,4% se va en impuestos

La fotografía no quedaría completa si no le añadiéramos lo que ingresa la Administración Pública que gestiona los tributos: Impuesto de Sociedades, IRPF de empresarios autónomos (2,6%), Seguridad Social (7,8%), e IVA (21%). Esto viene a representar que el 31,4% de la facturación se va en impuestos. Yo echo cuentas y me da: 5.272.262,216 euros.

O sea que para un gasto de 2.126.523, se consiguen unos ingresos de 5,2 millones de euros vía impuestos, más la menudencia de los 397.604 euros de los gastos de apoyo real.

Las cuentas salen.

Cada desempleado cuesta 19.991 euros, según un reciente estudio

Pero la fotografía no queda del todo clara si no le sumas cuánto dinero se ahorra la Administración pública al convertirse un desempleado en emprendedor. Está claro que no todo el mundo emprende desde el desempleo, pero si esos 550 empleos vinieran del desempleo, y si supusiéramos que cada desempleado le costara al Gobierno 19.991 euros, se ahorraría 10.995.050 euros. Casi, casi, para que te hagas una idea, del mismo presupuesto, 13,8 millones de euros que se destinó a la promoción de la candidatura de Madrid 2020.

De todas formas, ahora que lo pienso, este dato habría que tomarlo con pinzas porque la Administración permite la capitalización del paro para emprender. Al menos un 14,8% de los desempleados opta por la capitalización del paro para montar un negocio. Si aplicamos ese porcentaje a los 550 seres humanos que emprendieron, nos encontraríamos con que 81 capitalizaron el paro. O sea que 418, no. O sea que el ahorro sería de 8.356.238 euros.

Pero claro, pensando, pensando… la Administración se ahorra dinero si la empresa sobrevive más de dos años. Se supone que el 56% de las empresas que se ponen en marcha en España, según el INE, no superan los primeros tres años de vida.

Estos datos, además, sólo tienen en cuenta a un emprendedor que pase por un vivero. Si no pasa por un vivero, la parte de inversión del Gobierno, salvo la capitalización del desempleo, no existe. Pero bueno, algo es algo.

¿Y qué pasa con el emprendedor? ¿Le salen las cuentas?

Si tomásemos todas estas cifras, y cogiéramos la facturación de esas 230 empresas, le restáramos lo que se llevan los impuestos y lo que hay que pagar por el apoyo de los viveros y lo dividiéramos entre el número de empleados y luego entre catorce pagas, tendríamos un salario medio de 1.444 euros al mes brutos. Pero, ups, eso sería si esas pymes no tuvieran absolutamente ningún gasto -vamos, que no tuvieran ningún proveedor, ni ningún gasto comercial…–, si no hubiera contratos laborales de por medio y todos fueran socios, si absolutamente todos esos 550 seres humanos cobraran lo mismo y si no invirtieran nada en el negocio, y si el reparto de la facturación fuera equitativo entre todas las empresas. Vamos, situaciones todas ellas poco habituales.

Mi gran duda es si esos emprendedores que apoya el Gobierno ganan suficiente dinero como para poder consumir luego productos y servicios, que al final es lo que hace que tire una economía capitalista hacia adelante.

Conclusión: la próxima vez que surja este tema en una cena, yo suelto todos estos datos, los dejo ahí para que maceren y me lo pienso antes de bajarme a la calle a pelearme. Que ya ha empezado a hacer frío por la noche.

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4/noviembre/2013

La disrupción va a llegar

Disruptivo

‘Disruptivo’ es el nuevo concepto de moda en el mundo de los emprendedores. Pero, ¿cómo puede ser ‘nuevo’ un concepto que ya sonaba allá por los años noventa? Fue Clayton M. Christensen, profesor de la Harvard Business School, quien empezó, en 1995, a teorizar sobre las innovaciones disruptivas, un concepto que acabó plasmando dos años después en su libro The Innovator’s Dilemma.

Christensen diferenciaba entre aquella innovación continuada, en manos de las grandes empresas, que buscaba la mejora de un producto, servicio o proceso, para el que ya tiene clientes, con el objetivo de seguir generando ingresos recurrentes . Y la innovación disruptiva, en la que trabajan, principalmente, pequeñas empresas, que desarrollan productos o servicios de menor coste, más sencillos de utilizar, con menos funcionalidades, más baratos y que se dirigen, principalmente, a los no-consumidores: aquellos usuarios que no han visto satisfechas sus necesidades con los que hay en el mercado. Con el tiempo, esas innovaciones disruptivas van incorporando mejoras en su funcionamiento y acaban desplazando a los productos o servicios que ofrecen las empresas líderes.

En definitiva, un producto, servicio o proceso disruptivo viene a romper las reglas de juego de ese mercado obligando, en la mayoría de los casos, a que el resto de competidores cambie y siga la estela de la empresa disruptiva.

Según esa teoría, productos considerados disruptivos por una gran mayoría de mortales, como –por ejemplo– el iPhone, no entraría en esa catalogación original de Christensen, porque ni es barato ni se dirige a un público con pocos recursos. Por eso, el concepto ‘disruptivo’ ha evolucionado desde entonces, adaptándose a las exigencias de los mercados. Como nos cuenta Carlos Domingo, presidente y consejero delegado de Telefónica I+D y autor de El viaje de la innovación, en nuestro dossier del número 194, de noviembre de 2013, “en la actualidad, la innovación disruptiva es un concepto más amplio del que formuló Christensen y no tiene por qué ser necesariamente algo de bajo coste. El iPhone no ha sido un producto de bajo coste, pero sí ha sido uno que ha transformado la industria de los móviles, es decir, el concepto que había de los smartphones y, sobre todo, la forma en que se utilizan esos dispositivos hasta ese momento”.

Entonces, una vez que admitimos pulpo ‘como animal de compañía’ ahora la cosa está en colgarle el calificativo de ‘disruptivo’ a todo lo que se mueve. Y ni toda tecnología es disruptiva ni toda disrupción tiene que ser tecnológica. Los expertos entrevistados en el citado reportaje sostienen que se puede ser disruptivo en cualquier parte del modelo de negocio y puede o no que esa disrupción se apoye en la tecnología. No obstante, no es que la innovación vaya asociada sólo a la tecnología, sino que la innovación de éxito y la innovación sostenible provienen de empresas que han dado con un producto que funciona gracias a la intersección de tres aspectos. Según Domingo, “por un lado, han dado con una necesidad de consumidor que no estaba satisfecho hasta el momento con ningún producto. Y ahí, hay que olvidarse de la tecnología, porque lo primero es encontrar un producto o un servicio que solucione un problema que nadie resolvía hasta entonces. En segundo lugar, eso lo tienes que hacer de forma sostenible con un modelo de negocio que te permita ganar dinero para crecer y financiarlo. Y en tercer lugar, es posible que no se haya podido solucionar ese problema antes porque requiere de una tecnología nueva que no existía antes y será la tecnología lo que le dé una ventaja competitiva sostenida en el tiempo, porque es lo más complicado de replicar”.

Para los expertos, cuando tienes una oferta comercial disruptiva, es fácil replicar, porque mientras la competencia tenga el mismo producto lo podrá replicar tarde o temprano, mientras que si tienes una tecnología disruptiva, diferencial, única, además de tu expertise, será mucho más complicado que te lo copien. “Las innovaciones disruptivas que tienen más impacto y que son más complicadas de replicar están vinculadas a una nueva tecnología”, subraya Domingo.

Te recomiendo que leas el dossier nº 194, de noviembre de 2013, en el que hablamos de todos estos aspectos y de empresas, tanto de sectores tradicionales como de mercados tecnológicos, que han sido o son disruptivas.

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